Los años dichosos
By FRENTE on julio 4, 2013
Por Iliana Pichardo Urrutia
La dichosa palabra estrenó temporada el pasado 29 junio. Once años ininterrumpidos de un programa dedicado a las letras, artes, historia y a vincular al público con la cultura. Es un récord. Ningún formato similar en la televisión mexicana ha logrado mantenerse de manera tan cercana con la audiencia. FRENTEestuvo en el foro con sus protagonistas unas horas antes de salir al aire con su más renovada versión, pero con la misma palabrería de sus conocidos conductores.
Una vez, tuve la oportunidad y la dicha de estar en el baño de un restaurante en San Ángel, lavándome las manos, y cuando me di vuelta, estaba Carlos Fuentes. Nada más él, yo, y el señor al que le da uno las toallas. Entonces le dije: “¡Maestro, qué gusto, no lo conocía personalmente, felicidades!”. El me miró y contestó: “No, felicidades a ustedes por la labor que están haciendo, es un programa increíble”.
Germán Ortega, conductor de La dichosa palabra.
Lo que eran
Visualicemos el año 2003. Cinco personajes, unos venidos de la poesía, otros de la literatura, de la Historia, de la lexicografía y, también, de otras latitudes. Todos reunidos, por primera vez, en un set del Canal 22 a punto de hacer la primera transmisión en vivo de un programa en donde el hilo conductor sería la definición de una palabra, pero en el que, también, se hablaría de temas culturales, cuestiones históricas, mitos, religiones y ciencia. Los personajes: Laura García, Eduardo Casar, Germán Ortega, Nicolás Alvarado y Pablo Boullosa. Se conocieron en un programa, también en el Canal 22, que conducía éste último, llamado Barra de letras: un formato amistoso, en el que había una barra de cantina, y Boullosa, como bartender, invitaba a distintos expertos a conversar sobre lengua y literatura. Casar, Alvarado, García y Ortega fueron invitados del programa y más tarde, juntos y revueltos, integrarían La dichosa palabra, un programa por el que nadie apostaba que duraría más de tres meses y que, sin embargo, acaba de cumplir once años ininterrumpidos de transmisiones y una nueva temporada al aire.
En aquellos años primerizos en donde pensaban que, el que hablara más o dijese cosas más chistosas, sensatas o profundas, se ganaría el agrado del público. Por eso, todos querían intervenir todo el tiempo y sus palabras, ideas y correcciones se encimaban irremediablemente. También, desde entonces, se quedaban platicando, aunque el programa hubiera terminado. Siempre por el gusto de seguir conversando.
Laura, con apenas veintiséis años y recién llegada de España, vestida de azul celeste, y un tanto asustada y nerviosa, se convertiría en la única mujer de la dichosa palomilla. Aún tiene los recuerdos muy claros de aquella primera temporada: “Me imponían mucho, porque ellos tenían todas las tablas. Yo era la más joven, la extranjera, no llevaba tanto en México. Yo creo que estuve nerviosa los dos primeros años”.
Un pasillo silencioso en las instalaciones del Canal 22, que también está de fiesta por cumplir veinte años de transmisiones ininterrumpidas, conduce al camerino de La dichosa palabra. El silencio del corredor contrasta con esa habitación alargada de espejos en las paredes. Desde adentro surgen voces y risas. Muchas risas. Hay ajetreo: algunas personas de producción entran y salen; también están Laura, Pablo, Germán y Eduardo, esperando su turno para el “maquillaje”, y aprovechando para retocar su vestuario. Dentro de pocos minutos, comenzará el primer programa de la temporada once. En vivo, como desde la primera vez.
Ante la pregunta de cómo se sienten, se desencadenan las palabras automáticamente. En orden, pero sin pausa, describen uno a uno: –Nos sentimos muy desentrenados. Es como volverse a casar después de varios años de haberse divorciado. Ya no sabe uno ni lo que tiene que decir –comenta Eduardo Casar, con ese esbozo de sonrisa permanente, que hace dudar si está hablando en serio o no.
–Como dicen los malabaristas, “no nos sentimos en dedos”. Pero tenemos 10 años de práctica y será como andar en bicicleta, nos vamos a encarrerar ya empezado el programa –dice Germán Ortega, apoyado tranquilamente sobre la mesa alargada del camerino. El último programa que grabaron fue el 24 de noviembre del año pasado.
–Estamos preocupados porque tenemos nueva escenografía, nuevo productor, nuevo equipo, aunque algunos de la temporada pasada siguen. Así que tenemos muchos distractores, pero venimos muy emocionados, con muchas ganas –comenta Laura con amplia sonrisa.
–Tenemos a Chucho Tapia, que fue productor al principio, él arrancó el programa y ahora regresa con nosotros. A veces llega a hacer algún comentario por el chícharo, algún chiste –interviene Pablo Boullosa, con mirada perspicaz detrás de los lentes.
–También canta, nos motiva mucho, ¡diviértanse, chicos! –cuenta Laura–. Cuando nos vean reírnos es el productor diciéndonos cosas.
Todos se ríen. Parece que La dichosa palabra comienza desde ese momento, tras bambalinas, en medio de las brochas para maquillaje y la luz blanca de los camerinos. El movimiento allí adentro no cesa. Cada uno en lo suyo, pero todos juntos en lo colectivo. El primero en salir es Germán Ortega, con una bolsa pesada con libros. El resto del elenco masculino hace lo propio hasta dejar a Laura, con el peinador. La lexicóloga se mira al espejo y le arreglan el peinado hasta que quede como quiere. Se le ve tranquila, confiada, alegre, muy lejos de aquella mujer que solía ponerse tan nerviosa algunos años atrás.
–Al principio mi familia no entendía nada de lo que yo hacía en México. Una vez los llevé a la grabación de un programa en Puebla, un evento fuera del Canal porque estábamos cumpliendo 100 emisiones. El claustro donde transmitíamos estaba lleno de gente, y nosotros arriba, con muchos reflectores. Nos pedían autógrafos y mis padres no terminaban de entender por qué la gente se quería sacar fotos conmigo –Laura ríe, siempre ríe–. A mí este tipo de experiencias me ha servido mucho para siempre mantener los pies en la tierra.
El primero en llegar al set es Eduardo Casar. El equipo, de más de quince personas, ya se encuentra probando luces y acomodando sobre la mesa los libros que han de regalar en el programa. La escenografía simula un montículo de libros sobre los que se proyectan imágenes que van cambiando durante la emisión. Detrás de ellos, al fondo, tienen otro libro enorme donde se lee: La dichosa palabra.
Pablo Boullosa se pasea por el foro, platica con el productor, está atento, hace preguntas, dispone cosas y después se sienta a la mesa junto a Casar. Laura se suma y después Germán. Mientras el equipo de sonido les coloca los chícharos, los cuatro conductores de La dichosa palabra conversan y hacen bromas entre ellos y con la asistente de producción. Corre el ensayo. Se ponen de acuerdo de a qué cámara hablarán. El productor los apura.
Palabras al aire
Cinco, cuatro, tres, dos…
–…Yo estoy aquí y tú estás allá, eso nos hace distintas personas… –bromea Casar.
–¿Te gustaría que volviéramos a empezar este ensayo? –Boullosa, impostando la voz.
–Cuatro elefantes se columpiaban… –continúa Casar.
–Muy bonitas las cortinillas, la escenografía… –sigue Boullosa.
–¡Felicidades, felicidades! –Germán dice a sus compañeros.
“¡Dos minutos para el aire!”. Y después, “Prevenidos…”, los cuatro hacen una exclamación en voz alta, un pequeño grito liberador. Pablo da una palmadita en la espalda a Eduardo y a Laura, que los tiene a su lado. ¡Al aire! La dichosa palabra comienza temporada.
En los diez años que tiene el programa, sólo uno o dos han sido grabados. Eduardo Casar responde a mi curiosidad sobre el tema.
–Sí, no es lo mismo ir a tu noche de bodas y hacer un ensayo, que entrarle directo, es más emocionante la segunda opción –contesta Casar.
–Luego también las novias se tropiezan, los curas se equivocan –completa la oración Pablo Boullosa.
La fórmula de La dichosa palabra es así: funciona más la espontaneidad. A pesar de que existe una escaleta, que escribe Boullosa, suelen tener preparados únicamente la primera cuarta parte del programa, de ahí en más eligen las palabras de las que quieren hablar y la mayor parte del contenido sale de forma espontánea. Su guía es, sobre todo, lo que alguno dijo antes; y así se van, comentando, divagando, tejiendo un tema tras otro, que intercalan con la dichosa palabra del día y las preguntas del público.
– Pero también han habido programas desastrosos –me cuenta, como en confesión, Eduardo Casar, en la sala contigua al camerino–, uno fue en un museo de Aguascalientes en donde se soltó un aguacero, no habían puesto lona y todo se estaba mojando, pero decidieron no suspender el programa y meternos a todos en el pasillo del claustro. Los camarógrafos tenían el agua hasta las pantorrillas, los micrófonos daban toques y los papeles estaban mojados. Una verdadera hazaña. Y el otro, el año pasado, en la Feria del Libro del Zócalo, en el que llegaron unos manifestantes a agredir y tratar de interrumpir el programa, pero nosotros seguimos, a pesar de la incomodidad. Sin embargo, esos programas no se vieron tan mal, la televisión lo disfraza –el maestro Casar deja salir una risa que no hace sino contagiar a los que lo escuchamos.
Los dichosos sin Alvarado
Pablo Boullosa aprovecha para comentar que Nicolás Alvarado no los acompañará esta temporada.
–Nicolás, eres dichoso y lo seguirás siendo –Laura dice a cámara.
–Nunca voy a acabar de conocer a Nicolás porque es interminable –interviene Casar–. Nadie es insustituible, menos Nicolás Alvarado.
Por esto, cuando el director del Canal 22, Raúl Cremoux les preguntó que si querían invitar a alguien más al programa, decidieron que sería mejor no sumar a otra persona.
–Después de tantos años un nuevo integrante podría sentirse a prueba o aislado viendo que los demás nos conocemos mejor. Así que decidimos probar, a ver cómo nos iba a los cuatro –cuenta Germán Ortega desde su asiento en la sala contigua al camerino–. Y es que ahora, después de haber convivido juntos tantas temporadas, nos queremos más, nos respetamos más, nos admiramos más. El programa se ha convertido en una reunión de amigos cada sábado.
–Somos amigos que nos reunimos a decir ñoñerías, sólo que hay una serie de cámaras que nos están enfocando –dice Laura–. En diez años las cosas han cambiado mucho, hay otra experiencia, otras tablas, ellos son ahora mi familia; hay esa confianza de que no te va a pasar nada malo, de que te van a cuidar. No hay ese miedo a regarla ni a las consecuencias.
Para Eduardo Casar, una de las razones por las cuales el programa se ha mantenido tanto tiempo al aire ha sido el elenco estable.
–Un elenco estable funciona muy bien porque la televisión maneja mucho las cuestiones de antipatías y simpatías puramente físicas, como cuando alguien te cae gordo o no; incluso tener alguien que te caiga gordo en televisión, es un atractivo para el programa y un gancho, porque es como una especie de ancla. Uno no nada más se ancla a lo agradable, sino también a la sensación intensa de desagrado que le produce.
El avance de las redes sociales ha modificado la participación de la gente en el programa, no sólo en cuestiones de influencia y de difusión, sino también para poder medir quién los ve, cuándo y dónde.
–Las redes sociales te ayudan a encontrar respuestas que también te ubican en qué estás haciendo. En la calle por lo general nos felicitan, pero en internet suele haber más crueldad –comenta Laura, tuitera con más de 13 000 seguidores–. Al principio te influye y afecta, y te da mucha inseguridad, pero eso también es bueno, porque es una forma de ver una realidad. Yo al principio estaba muy en la labor de entender por qué a algunos no les gustaba y tratar de ganármelos, hasta que entendí que hay a los que no les vas a gustar jamás, y que no pasa nada. Aprendes a no tomarlo en cuenta.
Corte comercial. Es verdad, el productor Jesús Tapia no se queda atrás en las bromas e incluso sorprende con unos pasos de baile. Enseguida les pide a los cuatro que estén sonrientes. En cuestión de unos segundos el grupo se descontractura de distintas formas, e incluso Pablo Boullosa, canta cual tenor: “Al aigreee.”
La dichosa palabra ha sido un programa bastante consentido por el público y la crítica ha sido poco voraz y destructiva, basta con ver las respuestas de la gente en universidades y ferias del libro. Cuando salen a distintas locaciones a grabar el programa, a veces llegan a recibir hasta trescientas preguntas, que, por supuesto, no les da tiempo de contestarlas a todas.
–Cuando vamos a una salida, lo único que llevo es un diccionario de la Real Academia. No me gusta recurrir al dios Google porque a él lo pueden encontrar todos los demás, yo por eso trato siempre de meterme a los libros –comenta Eduardo Casar.
Muestras de admiración por el programa se han manifestado en los lugares más inverosímiles: como aquel encuentro casual entre Germán Ortega y Álvaro Mutis en la calle, en el que dijo que no se pierde el programa por ningún motivo; policías sobre Paseo de la Reforma que le han pedido autógrafos; hasta aquella anécdota de Carlos Fuentes encontrándose con Ortega en el baño de un restaurante, y la más reciente coincidencia, la de los tres teporochos.
–La semana pasada iba caminando cerca de tu casa y había tres teporochos; uno de ellos se me quedó viendo y me dijo: “Don Germán Ortega…” yo me paré sorprendido, “La dichosa palabra, Canal 22”, dijo. No podía creer que nos viera y, que, además, se acordara de mi nombre –cuenta entre risas.
La gama de espectadores del programa es muy amplia, desde expertos en la Academia de la Lengua, niños que van a grabaciones de programas con sus padres, hasta recauderías donde venden fruta.
–Mi compadre, un carpintero, ve el programa siempre, el organillero de afuera del Museo de Antropología me saluda porque es de los de “la dichosa”, también el policía del edificio a tres cuadras, señoras ricas, ingenieros –cuenta Eduardo Casar.
–¿Y por qué ha despertado tanto interés el programa? –pregunto.
–A todas las personas del público, de cualquier clase social, les interesa saber cómo hablan. El lenguaje es algo que todos tenemos como un bien común.
Renovarse o morir
La dichosa palabra del primer programa de la nueva temporada es “ambages: rodeos de palabras o circunloquios; se usa siempre en plural.” Germán Ortega anuncia a los ganadores. Y la pregunta para el público es: “¿Qué cosas te gustaría que volvieran a empezar?”.
–La humanidad, el universo –bromea Casar.
–Pásenla bien, gracias por acompañarnos –se despiden los cuatro, sonrientes a cámara. Entra música.
Jesús Tapia, el productor, da las gracias y todos aplauden. Laura, Pablo, Germán y Eduardo se levantan de sus lugares, entre risas comentan que se sintieron un poco enmohecidos. Después, acceden amablemente a una sesión de fotos para FRENTE. Las bromas continúan, incluso con el equipo de producción, el cual también se suma a la foto. La última toma grupal es de ellos cuatros subidos y recargados sobre una escalera, fondo negro detrás, Pablo Boullosa, mientras se acomoda, vuelve a sus cantos de ópera.
La dichosa palabra ha probado que se puede hablar de temas culturales desde un lugar ameno que se asemeja a una mesa redonda de café.
–Es un medio de difusión muy atractivo y sólido. Yo me he dedicado siempre a dar clases, a difundir la literatura, por eso, cuando me entusiasmo con una lectura hablo de ella –cuenta Eduardo Casar.
El programa tiene la ventaja de poder ser visto a través de un medio, como la televisión, muy eficaz para la divulgación de la cultura: la recomendación de un libro que se hace en el programa pueden recibirla tres millones y medio de personas.
–Una de las cosas clave es que las personas creen que la alta cultura es gente muy seria que no dice chistes y que habla como si estuviera dando una clase. Nosotros partimos de la idea de que nos estamos divirtiendo, eso es lo importante. Hablar de estos temas es divertido y está en nuestra vida. No nos importa si comentamos a Cervantes, Beethoven, y luego, Gloria Trevi o Esquilo, si se nos ocurre lo metemos porque todo es parte de nuestra cultura y eso acerca a la gente. La cultura no es algo que está en otro lado, la cultura es algo que hacemos todos –platica Germán Ortega, cuando la gente en el set comienza a irse, y el primero en volver al camerino es él.
–¿Cómo es hoy La dichosa palabra? –pregunto.
–Veo que nuestro trabajo tiene mucho impacto y la gente se siente agradecida. Yo doy clases no para enseñarle a nadie nada, sino para compartir mi admiración por el mundo. Lo que quiero es transmitir ese entusiasmo, y aquí, en el programa, tengo la suerte de poder compartirlo con mucha más gente. Toda la gente interesada es gente interesante.
A la sala donde se realiza la entrevista, entra Eduardo Casar a obsequiarle a Ortega su nuevo libro de poemas, y de paso, me regala uno también.
–¿Tiene alguna palabra favorita, maestro Casar? –pregunto.
–Uno tiene afectividad con ciertas palabras, con ciertos nombres. No tengo una favorita, pero me gusta cómo suena “alcándara”, por ejemplo. Cada palabra tiene su propio peso, su propia textura, y su pequeño matiz. Los sinónimos nunca son equivalentes, siempre es una cuestión distinta, aunque los diccionarios lo pongan como sinónimos. De ahí la búsqueda de palabras precisas en la poesía.
El penúltimo en volver al camerino es el también poeta, Pablo Boullosa, ante la pregunta de qué es La dichosa palabra hoy, lo resume diciendo:
–Es un privilegio enorme, un regalo, y una suerte.
Al final, entra Laura quitándose el maquillaje y toma su lugar de forma relajada en la sala contigua al camerino. Su voz es muy amable y entre una pregunta y otra, siempre interviene su risa.
–La dichosa palabra ha tenido mucho que ver en mis decisiones personales. Yo venía a México por seis meses, pero poco a poco encontré mi lugar. Me gusta lo que soy aquí, cada día es una sorpresa; también me gusta el caos ordenado de la ciudad; que haya luz todo el año; el contacto que el mexicano tiene con la naturaleza: la lluvia, los temblores; los festejos. Y en cuanto a mi medio de trabajo y a lo que me dedico, lo que más me atrae es cómo se usa el lenguaje en México. Creo que no fue fortuito que me quedara aquí, en un país donde se juega tanto con el lenguaje: los albures, el doble sentido, los rodeos, las palabras prehispánicas y los indigenismos. México tiene una riqueza lingüística muy fuerte y, para mí, en el caso de la lexicografía, fue muy apasionante poder descubrir todo ese mundo.
Son cerca de las diez de la noche, el set está vacío.
–Me voy a cambiar –dice Laura, y se levanta sonriente.
El pasillo de salida del Canal 22 está aún más silencioso, afuera la lluvia, el final de otro programa más, y una nueva temporada, que vuelve a comenzar. F
Poeta, ensayista y periodista.
Ha trabajado en Radio Fórmula, Radio Red, Televisión Azteca y Canal 22; además de colaborar para diferentes revistas y diarios culturales como Letras libres, Reforma o Este País.
En el 2011 publicó el libro Dilemas clásicos para mexicanos y otros supervivientes. Tomo izquierdo.
En abril del 2012 creó el sitio educativo para el bachillerato: sigoaprendiendo.org, donde también promueve la convocatoria “10 mil por la educación”, para multiplicar y compartir el conocimiento en las secundarias, preparatorias e internet.
Escribe el guión y conduce La dichosa palabra desde su primera transmisión, en el 2003.
Twiter: @dilemasclasicos.
Eduardo Casar
Poeta, novelista y guionista cinematográfico.
Doctor en Letras. Ha publicado ocho libros de poemas, un libro de cuentos infantiles y la novelaAmaneceres del Husar. Escribió el guión de la película Gertrudis Bocanegra, de Ernesto Medina. En 1976 ganó el Premio Nacional de Ensayo Literario “José Revueltas”.
Ha conducido programas en Radio UNAM, Radio Educación y Canal 22.
Desde hace 35 años da clases en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y desde hace 21 en la Escuela de Escritores, SOGEM.
Twitter: @Eduardodichoso
Twitter: @Eduardodichoso
Germán Ortega
Biólogo, historiador y arqueólogo.
Ha sido maestro en la Universidad Iberoamericana, el Colegio Madrid y en la Facultad de Arquitectura de la UNAM, dando clases de arte y estética, y teoría e historia de la cultura.
Ha participado en programas de Radio UNAM, Radio Educación, Radio Red y MVS Radio; así como en el noticiario Hechos de la mañana de Televisión Azteca.
Desde hace 10 años forma parte de la pantalla de Canal 22.
Laura García
Traductora, lexicógrafa.
Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad Pontificia de Comillas, en Madrid, España.
Trabajó para Ediciones SM como redactora de diccionarios de francés. Ha colaborado en revistas como Día Siete, Eureka y Leer y leer; en radiodifusoras como Ibero 90.9 y el 105.7 FM de Grupo IMER, transmitiendo contenido sobre el lenguaje; y en TV Mexiquense, Proyecto 40, el canal de la Presidencia y Canal 22.
Integrante de La dichosa palabra desde su primera temporada.
Twitter: @Lauentuiter
Twitter: @Lauentuiter
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